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Infancia y juventud

El 21 de septiembre de 1866, en la Villa de San Miguel de Allende, Guanajuato, cuando en el reloj sonaban las 20:30 horas los señores Ángel Aguilar y Sautto y Refugio Torres y López trajeron al mundo a su primogénita. Tres días más tarde fue bautizada en la Iglesia Parroquial, recibiendo los nombres de: María Refugio, Guadalupe, Josefa, Francisca de Paula, Rafaela, Federica y Luisa. Aquella fecha (24 de septiembre) será significativa en su vida, la niña recién bautizada fundará un Instituto Religioso dedicado a María de la Merced. Pronto la familia Aguilar y Torres empezó a crecer. A María del Refugio siguieron siete hermanos (Ángel, Carmen, Francisco, Eduardo, Alonso, María y José María) que desarrollaron su vida en un ambiente de gozo y piedad cristiana. Como en todas las familias acomodadas y creyentes, el primer cuidado de los padres fue dar a sus hijos una esmerada educación.

María del Refugio fue formada para ser ama de casa, aprendió solfeo, un poco de francés, tejer, bordar y cocinar, recibiendo las clases en su mismo hogar; no obstante, con el tiempo adquirió una vasta cultura por su afición a la lectura y su trato social. Al llegar la edad de la Primera Comunión (1878) su madre se esmeró en prepararla y al mismo tiempo preparó a doce niñas pobres para que la acompañaran, brindándoles todo lo necesario. Este bello gesto anuncia la acción posterior de María del Refugio. Desde temprana edad poseía un amor entrañable a Jesús Sacramentado y a la Santísima Virgen. Este amor a la Eucaristía se hizo más evidente después de la Primera Comunión. Pequeña aún, comprendió que su amor al Señor debía proyectarlo en el hermano. En la adolescencia fue ferviente catequista. Se esmeraba en iniciar a los niños en el conocimiento de Dios y los preparaba para la Primera Comunión.

  • Cuquita

  • San Miguel de Allende

  • San Miguel de Allende

  • Con sus hijos

    María del Refugio

  • Viuda

    María del Refugio

Matrimonio y viudez

El 4 de noviembre de 1886, obligada por su padre, contrajo matrimonio con Ángel Cancino Arce, viudo y algo mayor, recaudador de impuestos y hombre de ideas liberales, cuya amistad con importantes políticos le auguraba un gran porvenir como empleado público. María del Refugio supo encontrar la voluntad de Dios en ese caminar no buscado de su matrimonio, supo transformar lo que era necesidad que se impone en gracia que se acepta y elabora de una forma creadora. Poco tiempo después se establecieron en Toluca, estado de México, al ser nombrado Ángel Cancino administrador del Timbre de esa Ciudad. Con la ayuda de Dios y con su esfuerzo amoroso convirtió la dureza del exilio en experiencia de gracia. María del Refugio conquistó el corazón de su marido, cambiándolo por dentro.

Éste fue el primero de los grandes milagros de su vida. Le ofreció su amor, su fe, una familia y la experiencia cristiana de apertura hacia el misterio. Fruto del matrimonio fueron Ángel Federico de la Sagrada Familia (28 de noviembre 1887) y Francisca de la Soledad, Refugio, Teresa (28 de diciembre 1888). A los 40 días de nacer la niña falleció el señor Cancino a causa de una pulmonía fulminante. La joven madre que en su juventud gustaba de las distracciones y comodidades del mundo, y que confiaba en un futuro próspero, vio truncadas esas ilusiones.

Viuda a los 22 años y con dos pequeños a los que educar, regresó a la casa paterna. cuando sólo tenía tres años, su primogénito enfermó de una angina maligna que le causó la muerte. Ella, aun viendo en todo, la voluntad de Dios, cayó en una fuerte depresión, pasando la mayor parte del tiempo retirada en sus habitaciones. A María del Refugio no le faltaron pretendientes que quisieron reconfortada en su soledad, pero ella los rechazó siempre. Decidió dedicar su vida a la formación de su hija, encendiendo en ella ilusiones e ideales que irán floreciendo más tarde, cuando termine siguiendo los pasos de su madre, y a su propio crecimiento espiritual, poniendo sus talentos al servicio de los demás. El amor que había descubierto en sus años de matrimonio lo extendió de una manera nueva y mucho más universal.

Terciaria Franciscana

Frecuentaba la Iglesia de San Francisco situada cerca de su casa, ahí recibió acompañamiento espiritual, siendo su director el Franciscano Fray José Sánchez Primo. En unos ejercicios espirituales experimentó una profunda renovación interior, reflexionando que el hombre ha sido creado para alabar y servir a Dios. Hizo varios propósitos: comulgar frecuentemente, adquirir el hábito de dialogar con el Señor, hacer diariamente examen de conciencia, evitar disgustos en la familia, ser recatada, no seguir las modas ni asistir a espectáculos públicos, purificar los afectos y rechazar los amores desordenados, ocuparse útilmente evitando el ocio y la lectura de novelas, pedir por el prójimo y por los difuntos y rezar diariamente el rosario.

Esta renovación llevó a María del Refugio a incrementar su amor a Jesucristo presente en la Eucaristía. Fruto de su vida eucarística fue una extraordinaria alegría que la caracterizó hasta el final de su vida. Su confesor, conociendo las dotes sobrenaturales que adornaban a su dirigida, así como el don de gobierno que en ella percibía le invitó a que ingresara en la Tercera Orden Franciscana. En ella pudo robustecer su espíritu con la oración, el estudio, la penitencia y el apostolado. Profesó en dicha orden (4 de octubre de 1896) y llegó a ser Ministra y Maestra de Novicias debido a sus aptitudes y celo religioso. Durante el desempeño de estos servicios dirigió la palabra y formó a las otras terciarias. Así mismo, quiso que la iglesia fuera un lugar bello, que la celebración del culto estuviera enmarcada en un contexto de solemnidad y devoción. Vivió desde entonces con gran fuerza el misterio de la Eucaristía. Al mismo tiempo desempeñó un intenso apostolado a favor de los más necesitados, socorriendo a familias que atravesaban alguna crisis económica, visitando a los presos en la cárcel, a los enfermos, procurando que los moribundos recibieran los últimos auxilios espirituales, dedicando tiempo a escuchar a la gente que acudía a ella y le confiaba sus penas, preocupándose por la unión de las familias. A sus empleados los trató como si fueran miembros de su familia y todos los días rezaba el rosario con ellos. El día de su santo invitaba a muchos pobres y les servía el desayuno. Era lo que ella podía hacer, conforme al estilo del tiempo, expresando el amor evangélico con las posibilidades que le daba el pertenecer a la aristocracia del lugar.

Como madre de familia fue severa, exigente y siempre vigilante. Supo respetar la vocación de su hija y la educó para responder con libertad a lo que Dios le tuviera destinado, despertando en su interior ideales de santidad y anhelos de colaborar en la salvación de las almas. En 1904 la matriculó en un internado de la ciudad de México para que terminara los estudios elementales y al año siguiente en la normal Arquidiocesana que las religiosas teresianas dirigían en Morelia, allí se tituló en 1907.

  • San Antonio

    Convento

  • Celda

    En la que María del Refugio hizo sus Ejercicios Espirituales

  • María del Refugio

    Llegó a la Casa del Padre el 24 de abril de 1937

  • María del Refugio

Últimos meses de vida

La vida en Coyoacán transcurría relativamente tranquila en comparación con la agitación política y social que asolaba la ciudad y las provincias.  María del Refugio dejó Coyoacán presintiendo que su muerte estaba próxima. Nunca se le vio impaciente o disgustada cuando ocurría algo desagradable. La última casa que ocupó fue en la Calle Martí No 256, Colonia Escandón. A las pocas semanas, al estar rezando fervorosamente la novena de la Virgen de Guadalupe, una corriente de aire en el cuarto que se adaptó como capilla le provocó una pulmonía. Al inicio del año 1937 se encontraba muy agotada por una tifoidea que venía padeciendo hacía varios meses, con fiebre y malestar continuo. A mediados de febrero le diagnosticaron bronconeumonía y poco después nefritis, que le ocasionó inflamación en todo el cuerpo. Su estado empeoró por insuficiencia renal, hipotermia e invasión de líquido en los tejidos. Se hallaba en un estado de debilidad absoluta, sufriendo muchísimo, sin movimientos y con fuertes dolores.

La enfermedad fue larga y penosa, pero nunca perdió la serenidad ni se quejó, manteniéndose alegre hasta el final, soportó todo con suma paciencia y resignación. Con dificultad escribió a todas las religiosas participándoles su gravedad, encomendándose a sus oraciones y haciéndoles algunas exhortaciones. A las hermanas que la acompañaban les pidió unión y caridad fraterna, les recomendó que cumplieran con su guardia ante el Santísimo, que rezaran por los difuntos y que no la dejaran en el Purgatorio.

Había cumplido su misión, había recorrido su camino, dejaba sobre el mundo una herencia de amor, colocada bajo el patrocinio de Jesús Sacramentado y de María de la Merced. Es evidente que podía y debía morir. El 23 de abril amaneció muy grave. Le hicieron una transfusión de sangre que le ocasionó una fuerte reacción. Le acompañaban algunas religiosas y el Padre Zaragoza, a quien pidió la absolución. Cuando el Padre vio que la vida de María del Refugio llegaba a su fin, le tomó la mano derecha y le dijo: “Bendice a tus hijas”. Dio una última mirada, pronunció las palabras: “arriba, arriba … ” y descansó en paz. Era la madrugada del 24 de abril de 1937.

 

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