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CARISMA MERCEDARIO Y EUCARISTÍA

Xabier Pikaza. Roma, febrero 1986



INTRODUCCIÓN

Este año 1985, coincidiendo con el 750 aniversario de la Confirmación Pontificia de la Merced, se celebra el 75 aniversario de la fundación de las Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento; ellas integran en un mismo carisma dos aspectos, o mejor, dos tradiciones eclesiales: el compromiso liberador de Pedro Nolasco y la exigencia de adoración y entrega que brota de la Eucaristía. De esos aspectos, de su mutua implicación y riqueza, queremos hablar muy brevemente en lo que sigue.

 

  1. Dos tradiciones: lo mercedario y lo eucarístico

El único camino de Jesús viene a expresarse de diversos modos dentro de la Iglesia. Por eso existen movimientos carismáticos y formas de espiritualidad que se distinguen con cierta nitidez unas de otras. Normalmente se piensa que la espiritualidad mercedaria es activa y redentora; por el contrario, la devoción eucarística tiende a ser contemplativa o más bien reparadora. Hay algo de cierto en esa división. De todas formas, debemos añadir que los dos rasgos se implican mutuamente: el carisma mercedario debe desembocar en un gesto contemplativo de adoración y alabanza; por su parte, la mística de la Eucaristía debe abrirse a un compromiso de comunión y entrega de la vida.

Empecemos por el rasgo mercedario. La Merced toma su origen de San Pedro Nolasco y de su entrega redentora en favor de los cautivos. Llamamos cautivos a los hombres y mujeres que se encuentran sometidos al poder de la opresión: todos aquellos que padecen la violencia de la vida están esclavizados por el hambre, la injusticia del mundo o de la carencia de una verdadera libertad para buscar su camino y realizarse.

Son cautivos los que sufren, encontrándose oprimidos por la fuerza destructora del mal de nuestra tierra: en cierto modo son esclavos, están aprisionados por la misma dureza de la misma y corren el peligro de perder su libertad, su más profunda dignidad humana. En ese aspecto, los cautivos viven bajo el riesgo de perder su fe: ¿cómo mantener la confianza de Jesús y responder a su llamada en una tierra que nos hace esclavos, en un mundo que por todas partes nos maneja? Todo nos invita a abandonar la fe, dejándonos llevar por la violencia del sistema o cayendo en la desesperación.

En otro tiempo parecía primordial el “extender la fe”. Hoy sabemos que también es importante el “mantenerla”; mantenerla allí donde los cambios de la historia y los nuevos cautiverios amenazan por doquier, cerrándonos el paso que conduce al reino de Jesús. Pues bien, ¿cómo mantener la fe? No basta predicar; hay que ayudar al hombre que se encuentra más perdido a nuestro lado: a los que sufren por la fe, a los que carecen de libertad para desarrollar su vida, a los marginados de la sociedad, a los que están manipulados por una propaganda ideológica que impide la apertura al evangelio… En todos esos campos y otros muchos el mercedario, siguiendo a Pedro Nolasco, tiene que ejercer su acción de libertad, debe ayudar al más cautivo, llevándole a un espacio de libertad, sosteniéndole en el camino, animándole con su propia entrega.

Por eso, estrictamente hablando, el mercedario debe expresar su carisma en una actuación liberadora: realiza un gesto de servicio en favor del más necesitado (del cautivo), ayudándole así a desarrollar su vocación cristiana. No predica directamente con la palabra sino con el ejemplo y con la entrega: libera a los demás, les ayuda a vivir en dignidad, para que puedan abrirse al gran misterio de la fe cristiana. El mercedario sabe que “hay esclavitudes” que amenazan con ahogar lo más profundo del hombre: su aliento religioso, su misma fe cristiana; por eso, porque quiere a los hombres y asume el misterio de Jesús, el seguidor de Pedro Nolasco sigue empeñándose en realizar, en las nuevas situaciones y formas de vida de este tiempo, una acción liberadora.

Pero veamos las cosas con mayor hondura. La acción liberadora de Pedro Nolasco no se puede realizar por simples motivos sociológicos; no brota sin más de una estadística económica, no tiene un contenido político y mundano. El mercedario ayuda a los demás porque ha creído en Jesucristo y porque ha visto el rostro de Jesús se desfigura en los cautivos de la tierra. Por eso debe alimentar su compromiso en un sencillo pero muy profundo gesto de misterio. Esto significa que el liberador tiene que ser el hombre de fe, un contemplativo. Veamos sus niveles.

Hay un nivel contemplativo en la manera de entender a María, Madre de la Merced o libertad de Jesús sobre la tierra. Entregándose a la empresa redentora, Pedro Nolasco ha descubierto un rasgo muy profundo en el misterio de María: ella no es sólo madre Inmaculada, Virgen orante o Señora de los cielos; ella es madre de los más desamparados, inspiradora de una acción de libertad que lleva a redimir a los cautivos. Sin esa inspiración mariana, de hondo temple espiritual y vivencia contemplativa, la acción de la Merced pierde su base, olvida su sentido.

Sabemos también que la actuación liberadora de Nolasco implica una visión muy profunda del misterio de Jesús, el redentor que se ha entregado a los hombres. No basta con verle allá arriba, en la gloria de Dios, sentado a la derecha del poder inmenso. El mercedario sabe que Jesús se encuentra sufriendo en los cautivos, desfigurado, amenazado, torturado. Así lo advierte al colocarse delante del sagrario o al ponerse ante el Señor crucificado

Sabemos también, que la actuación liberadora de Nolasco implica una muy profunda visión del misterio de Jesús, el redentor que se ha entregado por los hombres. No basta con verlo allá arriba, en la gloria de Dios sentado a la derecha del poder inmenso. El mercedario sabe que Jesús se encuentra sufriendo en los cautivos, desfigurado, amenazado, torturado.  Así lo advierte al colocarse delante del Sagrario o al ponerse ante el Señor crucificado: la cruz se amplía y de sus brazos vienen a colgar todos los presos, los cautivos de la historia. Esta inspiración, esta certeza espiritual es la que lleva al compromiso de la acción liberadora.

Finalmente, Pedro Nolasco y sus primeros seguidores mercedarios descubrieron el carácter “trinitario” de la empresa redentora: no ejercían una simple acción social, estaban expresando sobre el mundo el misterio original del Padre, del Hijo Jesucristo y del Espíritu divino que han querido y quieren liberar a los cautivos de la tierra, conduciéndolos al plano superior del reino, que es amor y libertad, hondura y comunión interhumana. Por eso, los primeros mercedarios fueron hombres de profunda vivencia trinitaria: se encontraban empapados en la savia del amor de Dios que es comunión, entrega de la vida y gracia compartida. Por eso lo tenemos que el carisma mercedario, siendo el primer lugar activo, implica una profunda vivencia de misterio tiene una expresión contemplativa.

Pero las Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento desarrollan, a la vez, una vivencia de carácter eucarístico. En este aspecto son al menos de manera radical contemplativas: viven para reflejar sobre la tierra el gran misterio de la presencia de Jesús convertido en pan de salvación y vino de amor entre los hombres.

Día tras día, las religiosas Mercedarias del Santísimo Sacramento escuchan la palabra clave de la gran celebración: “Este es el misterio de nuestra fe”. Este es el misterio del gran Hijo de Dios, Logos del Padre y creador de nuestra historia, que se hace muy cercano en este signo de presencia y pequeñez en nuestra tierra. Ante este descubrimiento cesan todas las palabras; nace un gran silencio que llena, va llenando lo más hondo de la vida de los fieles. Desde este descubrimiento cesan los proyectos, las acciones humanas las conquistas de la historia: ¡todo es tan pequeño!, todo está centrado y viene a culminar en ese cáliz y ese pan que son la Eucaristía, es decir, la palabra y el gesto de alabanza.

El mismo nombre de la congregación resalta ese motivo de misterio, adoración y alabanza. Son religiosas del “santísimo” es decir, de la misma “santidad “de Dios que se hace presente en esta tierra. Santo es lo alejado, lo sublime y majestuoso, aquello que nos saca de la rueda de las cosas repetidas, siempre iguales, de la tierra, y nos sitúa ante la hondura originaria: ¡el mismo Dios se hace presente!, nos sacude, nos conmueve, nos retuerce y sobrecoge. Sentimos todavía las palabras del Antiguo Testamento: ¡nadie puede ver a Dios y quedar vivo! Es como una luz que ciega, palabra que nos deja mudos, hondura que produce vértigo, una vida que nos saca de las viejas costumbres de la vida.

Estamos ante Dios, el santo, y sintiéndonos fundados en su amor y su presencia, nos sentimos a la vez “fundidos” derretidos, o más bien, transfigurados. Por eso no tenemos más palabras que el silencio acogedor, la adoración sublime, la alabanza siempre humilde, radical, de pequeñez y de acción de gracias.

Pero el “Santísimo” se muestra a través del “Sacramento”: por medio de los símbolos o “especies” muy pequeñas, es decir el pan y vino consagrados. La santidad de Dios, guardando su poder y trascendencia majestuosas, ha venido a reflejarse en la comida de Jesús, el pan y vino que ha querido ofrecer a sus amigos, ese mismo pan y vino con que ahora nos convida dentro de su Iglesia. Por eso nos sentimos confortados. Es como si el mismo Cristo nos dijera: ¡nos busquéis la gran palabra en las alturas! no escaléis los cielos, no bajéis hasta el abismo de la tierra; no sigáis buscando en libros viejos de la historia; la santidad de Dios se ofrece para todos, muy cercana, en ese pan y ese vino que la iglesia sigue consagrando cada día en recuerdo de Jesús, con La potencia de su Espíritu y su misma palabra de alabanza.

Por eso, la adoración se convierte en gesto de confianza, el misterio se traduce en cercanía agradecida y el amor de Dios se viene a presentar en las señales más humildes y concretas del amor de nuestra tierra: el pan y el vino compartido entre los hombres. En este mismo momento descubrimos que la adoración eucarística se expresa en forma de entrega por los otros y lleva rasgos de comunión interhumana.

La duración se traduce en forma de entrega. Descubrimos a Jesús en la señal del vino: “éste es el cáliz de mi sangre que se entrega por vosotros…” Y nosotros aceptarnos y decimos “amén”, como asumiendo la vida de Jesús que ha derramado su sangre por nosotros. Desde ese mismo instante aquella “entrega de Jesús” se viene a presentar como principio de una entrega que nosotros asumimos en favor de los demás, nuestros hermanos. Dejamos de ser “dueños” de la propia vida: la hemos puesto, con Jesús, sobre su cáliz, y queremos derramar la día a día por los hombres. En otras palabras, el sacrificio de Jesús se convierte de esa forma en fundamento y sentido de nuestro sacrificio. Por el mismo hecho de ser “eucarísticas”, las religiosas del Santísimo Sacramento son redentoras: se comprometen a entregar su vida por los otros, como Cristo la entregó por ellas; toda su existencia es ahora sacrificio, es una ofrenda radical que sólo puede culminar y realizarse plenamente por la muerte.

Pero esa Eucaristía no es sólo “sacrificio”; es comunión, como lo muestra de una forma especial el pan que se comparte; es Cuerpo de Jesús que sea entregado por los hombres y va uniendo a los hermanos, para hacer que participen mutuamente de su vida y se enriquezcan los unos a los otros en un mismo camino de solidaridad, de búsqueda y misterio. Sin el sacrificio de la vida que se entrega por los otros, en el signo del vino, resulta imposible la comunión del amor que unifica los hermanos en el signo del pan. Pero, al mismo tiempo, un sacrificio que se queda en pura entrega y no tiende a la alegría de la comunión y a la vida compartida, podría aparecer como altruismo, pero nunca es verdadera realidad cristiana. El evangelio de Jesús culmina allí donde los hombres son capaces de entregar la vida y compartirla, en gesto de amor comunitario. Aquí culmina también la adoración de Jesús Sacramentado.

Esto significa que las religiosas Mercedarias del Santísimo Sacramento, fundándose en la adoración eucarística, tienen que desarrollar un gesto muy profundo de actuación liberadora: el mismo Jesús Sacramentado les conduce a la entrega de la vida. De esta forma vuelven a encontrar su raíz mercedaria. De un modo algo simplista podemos afirmar que los caminos se completan: el gesto mercedario lleva del compromiso redentor a la adoración del Cristo cautivado; el carisma eucarístico conduce de la adoración del Sacramento a la actitud de entrega por los otros. Los dos caminos se juntan en el gran misterio de la comunión, en la unidad de los hombres liberados que, fundándose en Jesús, reflejan sobre el mundo la verdad del reino.

Teniendo esto en cuenta y repitiendo en parte lo ya dicho, unimos los caminos y exponemos los dos rasgos del carisma de las religiosas Mercedarias del Santísimo Sacramento: su experiencia orante, su experiencia redentora.

 

  1. Experiencia orante: aspecto mercedario y eucarístico.

Tres son los rasgos que voy a desplegar en esta perspectiva: devoción Mariana, mística liberadora, vivencia eucarística. Son como peldaños de una misma escala, aspectos diferentes y complementarios de una misma entrega. Los presento a partir de San Pedro Nolasco, como signos de un camino que culmina con las Mercedarias del santísimo Sacramento.

Hay un primer rasgo Mariano que debe explicitar de una forma mercedaria y eucarísticas. Para un mercedario, María es ante todo la Virgen y patrona de la libertad: ella es la madre de la Merced, liberadora de los hombres que se encuentran oprimidos. Así lo ha expresado ella por siempre en la palabra del Magníficat, después de proclamar la grandeza del Señor y presentarse como “sierva”:

Hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Esta es la proclama redentora de María. Una vez la dijo ante Isabel y siempre la repite, en las entrañas de la iglesia. Así la descubrió Pedro Nolasco sintiendo que la misma madre de Jesús, la redentora, le invitaba a fundar un instituto redentor. Por eso asumir la presencia de María significa recibirla una vez más como principio de liberación; ella está al centro de la Iglesia (cf. Hch. 1, 14) como madre que guía los hermanos en la marcha de Jesús, como amiga que sostiene y nos conduce al compromiso.

La Mercedaria del Santísimo Sacramento sabe que su Madre, María de la Merced, se ha presentado al mismo tiempo como madre de la Eucaristía. Ella fue el primer “Sagrario”, el templo misterioso donde la Palabra de Dios Padre, el Hijo eterno, se ha hecho para siempre el pan y vino de la historia; en ella se ha realizado la primera “consagración”, aquella “transubstanciación” o misterio del Dios que (sin dejar de ser divino) viene a hacerse carne, o, mejor dicho, “substancia” de la historia. Así lo dice el Credo: “por nosotros y por nuestra salvación… nació de María Virgen”.

Nació “por nosotros” para entregar su vida como un hombre, en medio de los hombres. De esta forma, ella, la madre de Jesús, se viene a convertir en Madre de la Redención. Ella ha ofrecido a Jesús la carne y sangre de su sacrificio, las “especies” o los signos de su entrega por nosotros. Así lo ha comprendido y lo venera la religiosa del Santísimo Sacramento. De esta forma vuelve a descubrir sus más profundas raíces mercedarias: siendo Madre del Jesús Eucaristía, María se presenta como Madre del Liberador, puerta y principio de la redención para los hombres.

Quizá hemos expresado esta experiencia de manera demasiado teológica o teórica. Quisimos que el misterio quede claro. Por eso es conveniente que podamos descubrir la hondura de María como Madre de Merced (de redención). Pero después de afirmar esto, debemos desplegar una profunda “mística Mariana”. El mismo evangelio ha presentado a María como ejemplo de fe, como un modelo de entrega y libertad cristiana. Por eso tenemos que imitarla: a través de ella podemos descubrir el gran misterio del Hijo de Dios que se hace carne, se hacen redención y entrega por los hombres. Cesan las palabras, se hacen muy pequeñas las razones. Sólo queda un gesto de alabanza: nos ponemos con María ante las puertas del misterio, identificándonos con los más pobres, en actitud de escucha total, en gesto de entrega por los otros.

Como segundo rasgo señalamos la mística liberadora, centrada en el encuentro con Jesús liberador. Siguiendo un esquema conocido en todos los libros de piedad y teología, distinguimos tres momentos: la historia de Jesús, su muerte y su resurrección. En este plano se desvelan los aspectos más salientes de la espiritualidad de San Pedro Nolasco.

El primero es el momento de la historia de Jesús. Volvamos otra vez a Nazaret y comencemos el camino de su vida pública: bajemos al Jordán, escuchemos al Bautista; subamos al desierto y superemos la llamada de este mundo; tendremos con Jesús en Galilea, escuchando sus palabras con libertad, recibiendo sus dones. Pasó por la tierra haciendo el bien: fue animando a los hundidos, acogiendo a los marginados, perdonando a los pecadores, curando a los enfermos, liberando a los endemoniados y oprimidos… En todas las colinas y ciudades de la antigua Galilea pudo oírse una llamada de amor y libertad: “id y anunciad a Juan lo que habéis visto: los cojos andan, los ciegos ven… y los pobres acogen la buena noticia de la libertad. La gloria y la libertad de Dios se vuelven transparentes en la tierra.

Ciertamente, Jesús abre los ojos de la fe: pretende que los hombres crean y se salven. Para eso les ofrece el gesto de su ayuda: les anima, les cura, les enseña, les libera… podemos resumir todo el camino diciendo que se trata de un gran gesto de amor y libertad; Jesús quiere que los hombres sean que vivan plenamente; por eso les invita a ser, les hace desplegarse en libertad. Así le ha visto Nolasco; así le han visto todos los hermanos mercedarios, como el gran liberador, el hombre que ayuda y ofrece redención a todos los que estaban oprimidos.

Pero la historia de Jesús no acaba así. Le han perseguido precisamente por mostrarse redentor: porque dicen que destruye una vieja ley de santidad que guardan los maestros de Israel, porque ayuda a los más pobres en el día de sábado, porque entiende e interpreta a Dios como principio de amor y libertad abierto a todos los cautivos. Por eso han condenado a Jesús. Le han señalado como peligro público, sentenciándole a morir. Así ha colgado en la cruz el Hijo eterno de Dios, el amigo de todos los pobres de la tierra. Allí ha sufrido hasta las heces la agonía de la historia: ha sufrido el dolor de los condenados, la angustia de los solitarios, la oscuridad de los marginados. En nombre de todos ellos, como el gran cautivo de la historia, ha muerto llamando al Padre: ¡Dios mío!  ¡Dios mío!, por qué me has abandonado?

Dios ha escuchado ese grito, respondiendo desde el fondo de la muerte y resucitando a Jesús. pero antes de venir a la Pascua tenemos que pararnos un momento. Estamos ante la Cruz, como Pedro Nolasco. Cuanto más profundamente contemplamos, cuanto más intensamente penetramos en la hondura del Hijo de Dios que entrega su vida por los hombres, vamos descubriendo que con Él han muerto todos: allí están, clavados en la cruz, los condenados de la historia. Así lo ha visto Nolasco. El mismo Jesús sufre en la agonía de los hombres cautivados: tuve hambre… Tuve sed…, estuve desnudo y exiliado, enfermo y en la cárcel. (Mt 25, 31-46). En todos los lugares de tortura de la historia sigue Jesús agonizando, está muriendo el Hijo eterno de Dios Padre. Por eso la contemplación se transforma inmediatamente en gesto de solidaridad y compromiso.

Pero dejemos por ahora el compromiso. Sigamos con Jesús, veamos cómo está resucitado. La experiencia de la Pascua puede explicarse de maneras diferentes, pero hay una que parece primordial: con las mujeres que fueron al sepulcro, con los mismos discípulos que un día le dejaron, descubrimos que el camino de Jesús sigue adelante. ¡Ha resucitado! y continúa sobre el mundo su llamada de amor y libertad. Por eso no basta que miremos a la cruz; sabemos que Jesús está sufriendo con todos los que sufren y sabemos algo más: el mismo Señor resucitado nos invita a redimir a los cautivos, nos invita a traducir sobre la tierra su camino de esperanza y libertad que lleva al reino.

Esta es la devoción pascual de Pedro Nolasco: se encuentra unido con Jesús y le descubre vivo en el camino que conduce al amor y libertad; está Jesús donde se anima al pobre, se libera al oprimido, se inaugura sobre el mundo un camino de confianza abierta hacia los más desheredados. Parece que la misma devoción se abre y convierte en más que devoción: es la vida que se ofrece desde dentro por los otros.

En esta línea, y siguiendo la inspiración de Pedro Nolasco, las Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento han desarrollado el aspecto eucarístico en el centro de su misma experiencia orante. Orar supone “vivir la Eucaristía”, reflejar la cada día en la vivencia de la entrega de Jesús que nos invita a traducir y actualizar su entrega sobre el mundo.

En un primer momento la Eucaristía nos lleva al gesto de la ofrenda de Jesús, su muerte en Cruz, como acabamos de mostrar en el aspecto precedente. Pero ahora descubrimos un aspecto nuevo: acercándose el momento de su entrega, Jesús quiso celebrar la vida con el grupo de discípulos y amigos que vinieron con Él de Galilea. Se sentó en la mesa, partió con ellos el pan, les ofreció su vino y dijo: “tomad y bebed todos… Es mi cuerpo, es mi sangre”. Desde aquel momento, la ofrenda de Jesús se ha convertido en fundamento de vida, el misterio de presencia redentora dentro de la Iglesia.

Así lo viven las Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento; pero ellas saben, como Pedro Nolasco, que es preciso actualizar la entrega de Jesús; reciben el don de su señor crucificado, participan de su pan y de su vino; al mismo tiempo quieren estar crucificados con Jesús, convirtiendo su vida en pan y vino por los otros. Este es un misterio de silencio más que de palabras. De todas formas, es preciso decir algo. Sabemos que Jesús se cambia, convirtiendo su vida en alimento por los otros; de esa forma permanece para siempre en medio de la iglesia. ¿Y nosotros? por medio de un proceso semejante los cristianos que reciben el cuerpo y sangre de Jesús se convierten también en vida nueva: tienen que ofrecerse, con Cristo y como Cristo, por los otros. Esto significa que se ha dado una especie de “transubstanciación”, decirles dentro de la Iglesia, como alguna vez han dicho los antiguos Padres y doctores. Parece complicado, pero es simple; lo diremos de una manera muy sencilla: la religiosa del Santísimo Sacramento que ha vivido desde dentro el misterio de Jesús-eucaristía, viene a convertirse también ella en una especie de pequeña “eucaristía”, su vida no le pertenece, la está dando, desde darla por los otros. Ya no vive en ella misma: vive en Jesús y con Jesús está viviendo ya para los otros, especialmente para aquellos que son pobres y perdidos; vive fuera de sí misma en un aspecto muy concreto; ha de entregarse día a día por los otros.

Con esto pasamos casi sin darnos cuenta, del momento de sacrificio al nivel de comunión originaria de la eucaristía. Hay sacrificio: ya no vivo en mí, ofrezco mi vida, con Cristo por los otros. Hay comunión: me he entregado a los demás; otros me acogen, comulgan conmigo, se entregan en mis manos. De esta forma se cumple el gran misterio. Hay un viejo refrán Castellano que dice:” cada uno en su casa y Dios en la de todos”. Pues bien, cambiando esa sentencia una religiosa del santísimo Sacramento, cuando ha llegado al límite más hondo de su entrega por los otros, en el centro de su comunión eucarística, tiene que decir: cada uno para los demás y Cristo para todos, cada uno en los demás y Cristo en todos.

De esta forma nuestra Eucaristía se convierte en “celebración anticipada” de la gloria y libertad de Cristo. Vivimos todavía en un mundo cautivo; estamos sometidos a las fuerzas y poderes de la tierra que nos tiran, nos aplastan, nos oprimen. Pues bien, en medio de esta tierra de noche y cautiverio podemos detenernos y cantar victoria: celebremos ya la Pascua de Jesús resucitado. Unos y otros nos juntamos: recordamos en común el gran misterio de Jesús y al invocarlo tomando su pan y subí no vivimos su presencia en medio de nosotros. De esta forma, unificados todos en Jesús, vivimos los unos en los otros; cesa el egoísmo que destruye, la violencia que aprisiona, el deseo de poder que mata; por un momento al menos se descubre la grandeza del misterio: Dios es comunión; también nosotros con Jesús podemos trazar un nuevo orden de amor y comunión entre los hombres.

  1. Experiencia redentora: aspecto eucarístico y mercedario.

No tenemos que buscar unas raíces redentoras diferentes. Es cierto que nos pueden ayudar las ciencias de este mundo: economistas, sociólogos, psicólogos indican los males de la tierra; pero encerrados en su ciencia desconocen la hondura de los males; resultan incapaces de llevarnos hasta el centro del amor y libertad que ahora buscamos. Nuestra acción liberadora brota de la misma experiencia de oración que hemos trazado.

Algunos han querido separar teoría y praxis, contemplación y compromiso. han dicho que la Iglesia se mueve solamente en un nivel contemplativo, en plano de teorías; frente a eso es necesario el compromiso de una acción que cambia el mundo. Pues bien, nosotros sabemos que esa división es falsa. La experiencia espiritual que hemos trazado, partiendo de Pedro Nolasco y culminando en la Eucaristía, lleva en sí misma una vertiente redentora. Así lo indicaremos todavía brevemente, destacando los rasgos ya marcados: María, Cristo Redentor, Eucaristía. La devoción Mariana, cuyo fundamento activo ya hemos señalado, se traduce en una profunda disponibilidad redentora. Igual que María, iniciamos el diálogo con Dios; Dios se presenta, nos ofrece su palabra, nos invita; debemos responderle:”estoy en tus manos, Señor; cumple tu palabra”. Pues bien, la palabra del Señor es redentora; por eso nos ponemos en sus manos para actualizar de esa manera su voz de libertad. Rehacemos de esa forma el camino de María, la madre de la libertad; ella es liberadora por ser virgen de la Merced; nosotros seremos con ella también liberadores.

La presencia de María nos invitas a una actitud de redención que se funda en la acogida, la presencia cercana, el respeto cariñoso, el compromiso por los más pequeños. Lo primero es la acogida: no pensar que somos creadores de la historia, no imponernos desde arriba; tenemos que ponernos a la escucha de Dios, unidos a los otros, caminar con ellos, manera humilde, muy sencilla. Por eso es necesaria la presencia, tal como lo evoca el gesto de la Visitación de María a su prima Isabel. Muchas veces intentamos liberar estando aislados, quedándonos al margen, autosuficientes, egoístas. pues bien, María nos indica que sólo recibe la verdad el que se acerca a los demás, siendo capaz de conversar con ellos, en sencilla y profunda transparencia.

Estamos saturados de palabras grandes, de gestos pretenciosos. Hay muchos liberadores postizos que se imponen con violencia, oprimiendo a los incautos, pues bien, como María sabemos que libera sólo el que respeta: respeta la pobreza de los otros, su silencio, su dureza; les quiere así, con gran cariño, en un camino humilde, cercano, compartido. Por mucho que digamos encontrarnos al servicio de los pobres, nuestros gestos de ayuda redentora se presentan casi siempre pretenciosos, parecemos dueños de la verdad, hablamos con imposición, nos movemos siempre arriba. Mientras tanto los pobres siguen siendo pobres, los niños no entienden, los marginados se mantienen en un tipo de nueva marginación.

En este camino de la libertad, María nos ofrece el rostro de la sencillez cercana. Ella ha hecho lo más hondo, aquello cotidiano; acoge al Niño, lo va educando día a día, le introduce en los caminos de la vida. Simplemente quiere que ese Niño sea, que ese muchacho crezca, para que pueda ser Él mismo, no le impone nada, no le obliga, le va abriendo con total dedicación los caminos de la vida, para que un día, pueda desplegar todo lo que lleva dentro y entregarse plenamente por los otros. De esta forma, María permanece dentro de la Iglesia como gran liberadora, ¿qué ha hecho? Externamente poco, en realidad muchísimo, mejor dicho, todo: ha educado a un niño para la libertad, abriendo así el camino de Jesús, el Cristo.

Pero hay un momento en que ese gesto de la Madre educadora puede parecer estrecho.  Entonces ella misma continúa hablando, nos lleva hacia Jesús, su Hijo, y nos indica: “Haced lo que Él os diga” (Cf Jn. 2,5). Es como si dijera: mi sendero culmina con Jesús, aprended conmigo el gran camino de la libertad de Dios sobre la Tierra.  Así se arraiga el compromiso de Nolasco, a la luz de Jesús liberador de cautivos.

¿Qué ha hecho Jesús? Ya hemos ido viendo, inicia un camino y, nos llama invitándonos a seguirle. No promete bienes de la tierra, ni fortuna; no nos ha ofrecido poderes de carácter económico o político.  Siendo como somos muy pequeños, Él nos considera capaces de seguirle, liberando a los más pobres, entregando la vida por Él, inaugurando así un camino de resurrección.  Sería imposible precisar ahora los rasgos de esa empresa de Jesús; para ello, tendríamos que retraducir todo.  Sencillamente destacamos, estos dos rasgos:  la ayuda al oprimido, la apertura hacia la fe.

Jesús viene a buscar la oveja perdida. Pues bien, en nuestro caso, no es una oveja perdida, sino robada, manejada, maltratada.  Así estaban los hombres en tiempos de Nolasco, los cautivos en tierra musulmana.  Así están ahora muchos: los poderes de opresión siguen siendo semejantes, la violencia, en el deseo de dominio… la búsqueda de seguridad….  gran parte de los hombres siguen manejados, esclavizados.  Jesús vino a ayudarles, quiso romper las cadenas; será liberador quien se decida a seguir realizando su gesto, confiando en los hombres, abriéndole es un camino de realización.

¿Por qué actuar así? Porque Jesús tuvo fe en los hombres, también Nolasco creyó En los cautivos, supo descubrir en lo más hondo de sus vidas una llama de amor y Libertad. Pues bien, nosotros seremos liberadores si es que sabemos confiar, como Jesús.  no buscaremos ningún tipo de dominio Superior, ninguna dictadura material, social o religiosa.  queremos simplemente al hombre, confiamos en él y le ofrecemos una posibilidad de realizarse.  para ello tenemos que enfrentarnos con los poderes de opresión.  Jesús tuvo que hacerlo, rompiendo el tejido de ideas y creencias que tenían oprimidos a los pobres; Nolasco debió hacerlo Pidiendo limosna y comprando a los cautivos.  nosotros?  tenemos que buscar Día tras día un modelo de liberación, un tipo de ayuda efectiva a los más pobres.  No queremos ni podemos emplear los medios de violencia externa; queremos liberar desde la pura gratuidad, en gesto no impositivo. Pero, quizá esa misma actitud venga a suscitar una respuesta de violencia en aquellos que mantienen el poder, tenemos que estar dispuestas a sufrirla.

Finalmente, dentro del esquema que estoy desarrollando todo el camino de liberación culmina en forma de comunión eucarística. Queremos ayudar a los demás para que puedan creer; sin ningún tipo de imposición, abriremos un camino de confianza en el que puedan desplegarse en libertad y desde dentro.  Pero, al mismo tiempo, el testimonio de nuestra fe, dirigida a la comunión eucarística. La liberación plena vendrá cuando los hombres puedan celebrar con hondura y libertad la Eucaristía; cuando viva cada uno abierto a los demás, cuando compartan todos gratuitamente la existencia.

Pero con esto, presentamos un misterio que desborda todas nuestras posibilidades de planificación. Lo que hacemos de hecho hasta ahora, basta para barruntar la riqueza de vida y esperanza que viene a presentarse en ese lugar, donde confluyen el carisma mercedario de Nolasco y la espiritualidad eucarística; es ahí donde se encuentran las Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento, que celebran los 75 primeros años de su vida.  Desde aquí Les deseamos una gran fidelidad a Jesús, en ese camino de adoración liberadora que han querido asumir dentro de la iglesia

 

 

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Redefiniendo el carisma

R.M. Guadalupe Aguilar Cancino HMSS


Introducción

La exhortación apostólica Evangelica Testificatio define a la vida religiosa como carisma, al afirmar que “el carisma de la vida religiosa lejos de ser un impulso nacido de la carne y de la sangre originado por una mentalidad que se conforma el mundo presente, el fruto del espíritu santo que actúa en la Iglesia. (N. 11)

Dios, por medio de su Espíritu, es el que interviene en la vida de los fundadores, nos prepara para la misión hace que surja en ellos la inspiración primigenia, les impulsa a emprender la fundación de una obra y les guía en su realización.

Este “Don” del Espíritu en el caso de los fundadores de las diferentes familias religiosas se encarna en una o varias personas concretas, que viven una situación histórica concreta, y que buscan una finalidad concreta.

En María del Refugio Aguilar y Torres, Fundadora de las Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento, el carisma no irrumpió en forma total en un momento determinado de su propia historia; sino como fruto que el Espíritu Santo fue cultivando en la oración, el silencio y el dolor, a través de los diversos acontecimientos, que vividos a la luz de la fe y en una actitud de búsqueda sincera de la voluntad de Dios, le permitieron tomar conciencia del cometido al que estaba llamada en la Iglesia, y delinear un camino de redención que sería el patrimonio espiritual que legaría a su familia religiosa.

Todo fundador es hombre o mujer de su tiempo; María del Refugio lo fue; y la situación que vivió en su entorno nacional influyó en su concepción del mundo y en su conciencia socio-política y fue determinante para la misión de la fundación que Dios le pedía que realizara.

Al pretender en la presente ponencia definir el carisma, deseo exponer, aunque en forma somera, una sencilla génesis de cómo el Espíritu Santo fue fraguando en María del Refugio como su instrumento, alentándola con su sabiduría, fortaleciéndola en la prueba, e impulsándola para la fundación de esta Obra, con un fin muy concreto: “Conseguir la propia santificación por la profesión de los consejos evangélicos de Castidad, Pobreza y Obediencia en el seguimiento de Cristo Redentor del hombre, teniendo la escuela católica como espacio característico para difundir el amor a Jesús Sacramentado y a María Santísima, liberando al hombre de sus múltiples esclavitudes y promoviéndolo a la libertad de los hijos de Dios.

 

La inestabilidad política y económica de México en el siglo XIX, así como el positivismo y la masonería, repercutieron en la Iglesia en la pérdida de sus bienes temporales, en la promulgación de leyes anticlericales, expulsión de obispos y sacerdotes, cierre de seminarios, supresión de comunidades religiosas, intentos de cisma, cesión de algunos templos sectas protestantes, etc.

Con la llegada de Porfirio Díaz al poder (1876), comenzó un aparente período de paz, orden y progreso material, que duraría por más de 30 años. El gobierno del General Díaz modificó las leyes, pero tolero la práctica religiosa, coyuntura que la Iglesia aprovechó para la reorganización. Durante el régimen, se erigieron 8 nuevas Diócesis, fueron convocados el Quinto Concilio Provincial Mexicano y algunos sínodos diocesanos, funcionaron libremente las escuelas confesionales, lograron pleno desarrollo las asociaciones piadosas de fieles y circularon un gran número de periódicos y revistas católicas.

Comunidades religiosas de España, Italia y Francia (y unas cuantas de otros países) establecieron asilos, hospitales y escuelas para la instrucción de las familias acomodadas. Al mismo tiempo, nuevos institutos surgían en las Diócesis para atender necesidades particulares, sobre todo en los sectores marginados de la población.

Es dentro de este contexto, que María del Refugio Aguilar y Torres recibe la inspiración divina para dar vida a una familia religiosa: el Apostolado de Jesús Eucarístico, que más tarde se convertiría en la congregación de HERMANAS MERCEDARIAS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO.

María del Refugio Aguilar y Torres nació en San Miguel de Allende, Guanajuato, (México) el 21 de septiembre de 1866, recibiendo las aguas bautismales el día que la Iglesia honra la fiesta de Nuestra Madre Santísima de la Merced. Según la usanza de las familias adineradas de la época, recibió su instrucción en la casa paterna.

En 1886 contrajo matrimonio con Ángel Cancino, recaudador de impuestos y protegido por el presidente Porfirio Díaz, de cuya unión nacieron dos hijos.

Su vida matrimonial fue corta; (Don Ángel falleció el 6 de febrero de 1889), pero fue suficiente para conocer a políticos e intelectuales prominentes conocidos de su esposo, cuyo trato y las lecturas a las que tuvo acceso definieron su percepción de la realidad política y social del momento.

Viuda y con dos hijos, regresó a la casa paterna donde sobrellevó la rutina de una dama de sociedad de la provincia mexicana, viéndose enlutada nuevamente en 1891, por la muerte de su primogénito.

Llevada tal vez por la costumbre de las mujeres de su posición, practicó unos ejercicios espirituales de encierro, de los cuales salió completamente transformada y dedicada a vivir conforme a las enseñanzas evangélicas. Tomó por confesor a Fray José Sánchez Primo, guardián de San Francisco, quién le encaminó hacia la Orden Tercera de Penitencia donde tomó el hábito de novicia el 4 de octubre de 1895, profesó al cumplir el año reglamentario y, con el tiempo, llegó a ser Maestra de novicias y Ministra.

Ya en calidad de terciaria franciscana, dedicó su tiempo al culto del Santísimo Sacramento, a preparar niños a la primera comunión, atender a los enfermos, visitar a los presos y dar de comer a los hambrientos. Usó de su influencia para dar colocación a jóvenes desempleados y defender a los perseguidos o encarcelados injustamente. Todo esto sin desatender la formación religiosa, moral y académica de su hija, quien desde corta edad tenía el anhelo de ser religiosa y maestra.

Porfirio Díaz consolidó su poder, valiéndose del fraude electoral y la represión e instaurando un centralismo presidencial absoluto. Para sanear la economía, impulso el desarrollo industrial, aumentó los impuestos y redujo el número de servidores públicos. Atrajo al capital extranjero estableciendo condiciones favorables al inversionista, como la prohibición de la huelga, jornadas laborales de 16 horas y sueldos miserables.

María del Refugio fue víctima de las injusticias del régimen. Cuando murió su esposo (uno de los empleados más leales y honestos de la administración, en palabras del Secretario Particular del Presidente de la República), quedó desprovista, sin pensión ni ayuda de ninguna clase, ni siquiera para los gastos del funeral o traslado a San Miguel de Allende. Hacia fines del siglo, un revés de fortuna obligó a su padre a buscar un empleo fijo, mismo que ella solicitó a las más altas autoridades, recordándoles los servicios prestados por el señor Ángel Cancino a la Nación y expresamente al General Díaz y a su secretario el señor Chousal, aunque de nada le sirvieron sus argumentos.

En 1904, deseosa de dar a su hija la instrucción necesaria para llegar a ser una profesora competente y de mudarla a un ambiente que la preservará de los peligros del mundo, solicitó al gobierno una beca para la ”Nueva Enseñanza” de Guadalupe Hidalgo, donde conocía a la priora y algunas de las religiosas. Nuevamente fue desatendida su petición, pese a que algunos funcionarios influyentes, pero ciertamente menos necesitados, habían obtenido este tipo de ayuda.

Con gran esfuerzo pudo, sus propios medios, colocarla en el Colegio Teresiano de Mixcoac, donde pasaría el año siguiente al de Morelia para titularse de maestra normalista en octubre de 1907.

María del Refugio no sólo no estaba conforme ante los abusos del sistema; le preocupaba además el futuro al que conduciría los errores de la enseñanza atea y del proselitismo protestante.

La recepción frecuente del Santísimo en la Eucaristía, la oración contemplativa, los catecismos de primera comunión, y las lecturas espirituales, nutrían su amor a Jesús Sacramentado. Y en la medida en que profundizaba en la vida eucarística, aumentaba su interés por liberar a los hombres de las opresiones del mundo y de sus carencias espirituales y temporales.

Así como ella encontró en la Eucaristía La redención de sus limitaciones humanas y el fundamento para su santificación, pensaba que, para redimir al mundo de sus cautividades, debía formar almas eucarísticas, que a su vez excitaran en otros el amor a Jesús Sacramentado; pues la auténtica piedad eucarística llevaría a los individuos a manifestarse con acciones más justas y en la búsqueda del bien común. Por eso, a la par le interesaba la formación moral y religiosa de la niñez y juventud, así como la sólida instrucción científica y cultural, pues de éstos saldrían los reformadores de la Sociedad.

Su predilección por el apostolado con los niños es evidente en un escrito de 1901, donde dice: “La salvación de los niños es uno de los intereses del Corazón de Jesús; ésta está confiada a nosotros. debemos trabajar por la salvación de los niños: con el buen ejemplo con la palabra y con la oración”.

Las escuelas católicas existentes entonces, no daban una respuesta plena a sus inquietudes; carecían del ideal eucarístico que ella perseguía; eran clasistas, para ricos o pobres, dejando desatendida la clase media o dicho en otras palabras las familias “educadas”, pero sin recursos para costear las colegiaturas de sus hijos. Además, veía que los colegios regentados por religiosos extranjeros, poco hacían por cambiar las condiciones prevalecientes de injusticia, pues lejos de concientizar y motivar a los educandos en este sentido, se les formaba en los valores lengua e historia de otras naciones.

En noviembre de 1904 conoció al presbítero Vicente María Zaragoza, quien tenía en mente la fundación de un Instituto religioso con los fines y el espíritu que a ella le animaban. Pronto la convenció a colaborar con él, pues resistiéndose a ser fundadora, pretendió ingresar al Carmelo Descalzo o a la Compañía de María; no consiguiéndolo por dificultades habidas en esas Comunidades con el Señor Arzobispo de México. En los obstáculos descubrió seguramente, los signos providenciales que despejaron las dudas sobre su vocación.

Con el proyecto de fundación en mente, pasó en enero de 1908 al pensionado de la compañía de María, en la Ciudad de México, acompañada de su hija, quién también había sido contratada por las religiosas de Nuestra Señora para enseñar en su colegio anexo. Durante su estancia hizo votos privados y observó la marcha de la comunidad y del colegio, redactando por ese tiempo el reglamento y manual de oraciones para sus establecimientos futuros.

La fundación del Instituto, conocido en sus primeros años como “Apostolado de Jesús Eucarístico”, tuvo lugar el 25 de marzo de 1910, siendo socios fundadores María del Refugio Aguilar y Torres, Guadalupe Hernández viuda de Velázquez y una señorita que no perseveró.

A los pocos días, el 15 de abril, se hizo la inauguración del primer Colegio, llamado del “Santísimo Sacramento” la dirección académica fue encomendada a Refugio Cancino Aguilar (su hija) y la atención espiritual al padre Zaragoza.

El proyecto educativo de la Madre María del Refugio no se limitaba a las aulas, sino que el testimonio de la hermana portera, de la hermana cocinera, de la hermana sacristana, o de cualquier oficio que desempeñara la religiosa, lo consideraba parte de la acción educativa; asimismo, todas las actividades dentro de la jornada escolar, ya fueran en la capilla, el recreo, el refectorio o en labores.

Según el proyecto original, Las profesoras recibirían su capacitación en “Normales Eucarísticas”, para que ejercieran su vocación enseñando a descubrir a Jesús Sacramentado como centro de todas las ciencias y para que lo hicieran aplicando el método pedagógico dinámico-integral característico del instituto. Fomentarán además la espiritualidad Eucarístico – Mariana en los alumnos, visitando con ellos al Santísimo Sacramento, orientándolos en las lecturas y promoviendo las sociedades piadosas establecidas en los colegios.

En cuanto a los estímulos se acostumbraban en los primeros años obsequiar libros formativos a las estudiantes más sobresalientes, pero más que premiar el buen comportamiento o el aprovechamiento de los estudios, regía la idea de concientizar sobre el deber de hacer las cosas lo mejor posible, aun cuando el hacerlo no significará el reconocimiento de los hombres.

María del Refugio valoraba además el apostolado con las familias de sus educandos, pues consideraba que de poco serviría el trabajo de las hermanas, si los padres y hermanos no secundaban sus enseñanzas. es por esto que siempre estaba asequible a ellos, animándolos, aconsejándolos y muchas veces ayudándolos aún en lo material. Podrían además las familias, participar en las celebraciones litúrgicas e incluso pertenecer a las asociaciones piadosas erigidas en la Capilla semipública del Colegio.

Los Colegios contarían con bibliotecas al servicio de las familias, cuyas colecciones ayudaran a propagar el conocimiento y el reinado de Jesús Eucarístico en la juventud y en los hogares, promover la comunión reparadora, la comunión diaria y la devoción a la Santísima Virgen. Con el mismo fin la Congregación emprendería la tarea de editar libros y revistas. Las bibliotecas, consideradas en las primeras constituciones aprobadas entre las obras de apostolado propias del Instituto, No llegaron a concretarse por las persecuciones religiosas y posiblemente, por la falta de recursos técnicos para su funcionamiento. El segundo propósito, en cambio, comenzó a ponerse en práctica en 1930 con la publicación de las revistas: Eucaristía y Eucaristía y Redención.

Los destinatarios del apostolado de las Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento, según la idea de María del Refugio, no son únicamente los alumnos y sus familias. Le preocupaban los jóvenes, para quienes estableció un pensionado anexo al colegio; y las huérfanas, a quienes amparó con especial dedicación.

Su preocupación por los pobres la llevó a despertar el mismo interés en las colegialas, para quienes organizaba visitas y convivencias con los asilados en la Cuna Católica y en la Divina Infantita. Con la aportación voluntaria de los padres de familia en especie más que económica, distribuía despensas a familias necesitadas y durante algún tiempo daba alimentos a gran número de pobres. En las revoluciones y persecuciones que siguieron a la fundación dio refugio en los Colegios a familias enteras y becó a numerosas niñas de familias que habían perdido sus bienes; en los días más trágicos, estableció un puesto de socorros donde auxiliaban a los heridos.

El arzobispo Mora y del Río, concedió en 1909 el permiso para vivir en comunidad experimentando la vida religiosa, pero la aprobación canónica encontró diversos obstáculos: poco empeño de los Obispos y Procuradores comisionados para tramitarla en Roma, extravío de la correspondencia, exilio de Monseñor Mora y del Río, Primera Guerra Mundial etcétera. La relación con el Padre Zaragoza la complicaba aún más, pues él era un sacerdote de gran celo apostólico, enamorado del Santísimo Sacramento, pero inexperto en asuntos de religiosos, perseguido por los gobiernos revolucionarios e incomprendido por sus Prelados; cansado de los contratiempos, dejó la organización del Instituto, conformándose con su capellanía del Colegio .

El Canciller de la Curia Arquidiocesana dirigió a las hermanas durante algún tiempo, hasta que, a finales de 1918, El Arzobispo de México nombró a Fray Alfredo Scotti, Mercedario, Director y Visitador, para decidir el futuro de la Comunidad.

El 10 de febrero de 1919 entregó el Padre Scotti su informe, recomendando tramitar la aprobación, por tener el Instituto la peculiaridad de valerse de la enseñanza para formar almas eucarísticas. Vistas sus razones y comentarios encomiásticos respecto al espíritu y observancia religiosas, Monseñor Mora confió al Padre Scotti la revisión de las Constituciones y todo lo concerniente a la organización canónica.

La dirección del padre Scotti coincidió con el aumento de vocaciones (entre ellas la hija de la Madre Fundadora) y por consiguiente, con la apertura de las primeras casas filiales.

Una vez aprobadas las constituciones por el Señor Arzobispo y reunidas las Comendaticias del Episcopado, partió el Padre Scotti a Roma, presentando la documentación en la Sagrada Congregación de Religiosos el primero de junio de 1922. Tan sólo dos semanas después, el 15 de junio, la Santa sede concedió el permiso para la erección canónica de las Hermanas del Apostolado del Santísimo Sacramento en México, la cual fue decretada el 25 de noviembre de 1922.

En agradecimiento a los favores recibidos por intercesión de nuestra Madre Santísima de la Merced, así como por el espíritu Eucarístico Mariano del Instituto, la Madre María del Refugio y su y su Consejo solicitaron, en 1922, la agregación a la Orden. La cédula fue concedida tres años después, con fecha 11 de julio de 1925, siendo desde entonces “Religiosas Eucarísticas Mercedarias”. (1)

En 1925 principió la expansión ultramarina del Instituto, al fundar un Colegio Eucarístico en Placetas, Cuba. El año siguiente, con el recrudecimiento de la persecución religiosa y la proscripción de la Escuela Católica en México, abrió la Congregación las primeras Casas en los Estados Unidos de América, en El Salvador y una segunda en Cuba; en 1927 en Chile y en España y en 1929 en Italia y en Colombia.

Estas fundaciones prosperaron, debido, en parte, a que la instrucción en los Colegios Eucarísticos rescata los valores nacionales, pero perfeccionados por el sentido Universal de la Iglesia, con lo que resultan cristianos comprometidos en la búsqueda del bien común y miembros útiles a la sociedad.

Un Mercedario chileno, Fray Luis Márquez Eizaguirre, fue el instrumento providencial para que algunas de las fundaciones se llevarán a cabo, concretamente las de Chile, Colombia e Italia. La primera la sugirió a leer una carta de la Madre María del Refugio al Maestro General de la Orden, donde le narraba la situación por la que atravesaba en las comunidades religiosas en México durante la persecución Callista; mientras que las dos últimas, aconsejadas también por él, fueron fruto del entusiasmo y cariño que tomó por la Congregación, después de pasar varias semanas en la Casa General y en el Colegio de La Habana en 1928. (2)

En México la situación seguía sin visos de mejoría para la Iglesia y particularmente para la Congregación: la Madre María del Refugio, delicada de salud  y resignada al apoyo que el Padre Scotti le pudiera dar en sus cartas, pues había marchado a los Estados Unidos; veía extinguirse las Obras; de ocho colegios existentes en México en 1926, para 1930 únicamente funcionaban cuatro, clandestinamente y con número muy reducido de alumnas; sufría la amenaza de expropiación de la Casa General, lo que finalmente sucedió el 8 de septiembre de 1930, cuando los agentes del gobierno tomaron posesión del inmueble, expulsando arbitrariamente a las Hermanas.

Los últimos años de su vida los pasó la Madre María del Refugio mudando de una casa a otra, en compañía de su Consejo Generalicio, de algunas postulantes y las niñas que integraban su “Obra de Infancia”.

Falleció el 24 de abril de 1937, dejando consolidada la Congregación en ocho naciones y con proyectos apostólicos en mente (fundaciones de Colegios Eucarísticos en tierras de misión), que no llegó a ver realizados. Su hija, Madre María Teresa Cancino fue la sucesora elegida por el Instituto para continuar la obra que iniciara su madre.

El proceso de beatificación de la Sierva de Dios María del Refugio Aguilar y Torres quedó abierto el 28 de octubre de 1982.


Notas:

  1. El nombre “Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento” fue dado por la Sede Apostólica el 22 de julio de 1948, al conceder el Decreto Laudatorio.

 

  1. Fray Luis Márquez Eizaguirre publicó en 1929 el diario de su viaje, titulado: En México Ensangrentado.

 

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