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Redefiniendo el carisma

R.M. Guadalupe Aguilar Cancino HMSS


Introducción

La exhortación apostólica Evangelica Testificatio define a la vida religiosa como carisma, al afirmar que “el carisma de la vida religiosa lejos de ser un impulso nacido de la carne y de la sangre originado por una mentalidad que se conforma el mundo presente, el fruto del espíritu santo que actúa en la Iglesia. (N. 11)

Dios, por medio de su Espíritu, es el que interviene en la vida de los fundadores, nos prepara para la misión hace que surja en ellos la inspiración primigenia, les impulsa a emprender la fundación de una obra y les guía en su realización.

Este “Don” del Espíritu en el caso de los fundadores de las diferentes familias religiosas se encarna en una o varias personas concretas, que viven una situación histórica concreta, y que buscan una finalidad concreta.

En María del Refugio Aguilar y Torres, Fundadora de las Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento, el carisma no irrumpió en forma total en un momento determinado de su propia historia; sino como fruto que el Espíritu Santo fue cultivando en la oración, el silencio y el dolor, a través de los diversos acontecimientos, que vividos a la luz de la fe y en una actitud de búsqueda sincera de la voluntad de Dios, le permitieron tomar conciencia del cometido al que estaba llamada en la Iglesia, y delinear un camino de redención que sería el patrimonio espiritual que legaría a su familia religiosa.

Todo fundador es hombre o mujer de su tiempo; María del Refugio lo fue; y la situación que vivió en su entorno nacional influyó en su concepción del mundo y en su conciencia socio-política y fue determinante para la misión de la fundación que Dios le pedía que realizara.

Al pretender en la presente ponencia definir el carisma, deseo exponer, aunque en forma somera, una sencilla génesis de cómo el Espíritu Santo fue fraguando en María del Refugio como su instrumento, alentándola con su sabiduría, fortaleciéndola en la prueba, e impulsándola para la fundación de esta Obra, con un fin muy concreto: “Conseguir la propia santificación por la profesión de los consejos evangélicos de Castidad, Pobreza y Obediencia en el seguimiento de Cristo Redentor del hombre, teniendo la escuela católica como espacio característico para difundir el amor a Jesús Sacramentado y a María Santísima, liberando al hombre de sus múltiples esclavitudes y promoviéndolo a la libertad de los hijos de Dios.

 

La inestabilidad política y económica de México en el siglo XIX, así como el positivismo y la masonería, repercutieron en la Iglesia en la pérdida de sus bienes temporales, en la promulgación de leyes anticlericales, expulsión de obispos y sacerdotes, cierre de seminarios, supresión de comunidades religiosas, intentos de cisma, cesión de algunos templos sectas protestantes, etc.

Con la llegada de Porfirio Díaz al poder (1876), comenzó un aparente período de paz, orden y progreso material, que duraría por más de 30 años. El gobierno del General Díaz modificó las leyes, pero tolero la práctica religiosa, coyuntura que la Iglesia aprovechó para la reorganización. Durante el régimen, se erigieron 8 nuevas Diócesis, fueron convocados el Quinto Concilio Provincial Mexicano y algunos sínodos diocesanos, funcionaron libremente las escuelas confesionales, lograron pleno desarrollo las asociaciones piadosas de fieles y circularon un gran número de periódicos y revistas católicas.

Comunidades religiosas de España, Italia y Francia (y unas cuantas de otros países) establecieron asilos, hospitales y escuelas para la instrucción de las familias acomodadas. Al mismo tiempo, nuevos institutos surgían en las Diócesis para atender necesidades particulares, sobre todo en los sectores marginados de la población.

Es dentro de este contexto, que María del Refugio Aguilar y Torres recibe la inspiración divina para dar vida a una familia religiosa: el Apostolado de Jesús Eucarístico, que más tarde se convertiría en la congregación de HERMANAS MERCEDARIAS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO.

María del Refugio Aguilar y Torres nació en San Miguel de Allende, Guanajuato, (México) el 21 de septiembre de 1866, recibiendo las aguas bautismales el día que la Iglesia honra la fiesta de Nuestra Madre Santísima de la Merced. Según la usanza de las familias adineradas de la época, recibió su instrucción en la casa paterna.

En 1886 contrajo matrimonio con Ángel Cancino, recaudador de impuestos y protegido por el presidente Porfirio Díaz, de cuya unión nacieron dos hijos.

Su vida matrimonial fue corta; (Don Ángel falleció el 6 de febrero de 1889), pero fue suficiente para conocer a políticos e intelectuales prominentes conocidos de su esposo, cuyo trato y las lecturas a las que tuvo acceso definieron su percepción de la realidad política y social del momento.

Viuda y con dos hijos, regresó a la casa paterna donde sobrellevó la rutina de una dama de sociedad de la provincia mexicana, viéndose enlutada nuevamente en 1891, por la muerte de su primogénito.

Llevada tal vez por la costumbre de las mujeres de su posición, practicó unos ejercicios espirituales de encierro, de los cuales salió completamente transformada y dedicada a vivir conforme a las enseñanzas evangélicas. Tomó por confesor a Fray José Sánchez Primo, guardián de San Francisco, quién le encaminó hacia la Orden Tercera de Penitencia donde tomó el hábito de novicia el 4 de octubre de 1895, profesó al cumplir el año reglamentario y, con el tiempo, llegó a ser Maestra de novicias y Ministra.

Ya en calidad de terciaria franciscana, dedicó su tiempo al culto del Santísimo Sacramento, a preparar niños a la primera comunión, atender a los enfermos, visitar a los presos y dar de comer a los hambrientos. Usó de su influencia para dar colocación a jóvenes desempleados y defender a los perseguidos o encarcelados injustamente. Todo esto sin desatender la formación religiosa, moral y académica de su hija, quien desde corta edad tenía el anhelo de ser religiosa y maestra.

Porfirio Díaz consolidó su poder, valiéndose del fraude electoral y la represión e instaurando un centralismo presidencial absoluto. Para sanear la economía, impulso el desarrollo industrial, aumentó los impuestos y redujo el número de servidores públicos. Atrajo al capital extranjero estableciendo condiciones favorables al inversionista, como la prohibición de la huelga, jornadas laborales de 16 horas y sueldos miserables.

María del Refugio fue víctima de las injusticias del régimen. Cuando murió su esposo (uno de los empleados más leales y honestos de la administración, en palabras del Secretario Particular del Presidente de la República), quedó desprovista, sin pensión ni ayuda de ninguna clase, ni siquiera para los gastos del funeral o traslado a San Miguel de Allende. Hacia fines del siglo, un revés de fortuna obligó a su padre a buscar un empleo fijo, mismo que ella solicitó a las más altas autoridades, recordándoles los servicios prestados por el señor Ángel Cancino a la Nación y expresamente al General Díaz y a su secretario el señor Chousal, aunque de nada le sirvieron sus argumentos.

En 1904, deseosa de dar a su hija la instrucción necesaria para llegar a ser una profesora competente y de mudarla a un ambiente que la preservará de los peligros del mundo, solicitó al gobierno una beca para la ”Nueva Enseñanza” de Guadalupe Hidalgo, donde conocía a la priora y algunas de las religiosas. Nuevamente fue desatendida su petición, pese a que algunos funcionarios influyentes, pero ciertamente menos necesitados, habían obtenido este tipo de ayuda.

Con gran esfuerzo pudo, sus propios medios, colocarla en el Colegio Teresiano de Mixcoac, donde pasaría el año siguiente al de Morelia para titularse de maestra normalista en octubre de 1907.

María del Refugio no sólo no estaba conforme ante los abusos del sistema; le preocupaba además el futuro al que conduciría los errores de la enseñanza atea y del proselitismo protestante.

La recepción frecuente del Santísimo en la Eucaristía, la oración contemplativa, los catecismos de primera comunión, y las lecturas espirituales, nutrían su amor a Jesús Sacramentado. Y en la medida en que profundizaba en la vida eucarística, aumentaba su interés por liberar a los hombres de las opresiones del mundo y de sus carencias espirituales y temporales.

Así como ella encontró en la Eucaristía La redención de sus limitaciones humanas y el fundamento para su santificación, pensaba que, para redimir al mundo de sus cautividades, debía formar almas eucarísticas, que a su vez excitaran en otros el amor a Jesús Sacramentado; pues la auténtica piedad eucarística llevaría a los individuos a manifestarse con acciones más justas y en la búsqueda del bien común. Por eso, a la par le interesaba la formación moral y religiosa de la niñez y juventud, así como la sólida instrucción científica y cultural, pues de éstos saldrían los reformadores de la Sociedad.

Su predilección por el apostolado con los niños es evidente en un escrito de 1901, donde dice: “La salvación de los niños es uno de los intereses del Corazón de Jesús; ésta está confiada a nosotros. debemos trabajar por la salvación de los niños: con el buen ejemplo con la palabra y con la oración”.

Las escuelas católicas existentes entonces, no daban una respuesta plena a sus inquietudes; carecían del ideal eucarístico que ella perseguía; eran clasistas, para ricos o pobres, dejando desatendida la clase media o dicho en otras palabras las familias “educadas”, pero sin recursos para costear las colegiaturas de sus hijos. Además, veía que los colegios regentados por religiosos extranjeros, poco hacían por cambiar las condiciones prevalecientes de injusticia, pues lejos de concientizar y motivar a los educandos en este sentido, se les formaba en los valores lengua e historia de otras naciones.

En noviembre de 1904 conoció al presbítero Vicente María Zaragoza, quien tenía en mente la fundación de un Instituto religioso con los fines y el espíritu que a ella le animaban. Pronto la convenció a colaborar con él, pues resistiéndose a ser fundadora, pretendió ingresar al Carmelo Descalzo o a la Compañía de María; no consiguiéndolo por dificultades habidas en esas Comunidades con el Señor Arzobispo de México. En los obstáculos descubrió seguramente, los signos providenciales que despejaron las dudas sobre su vocación.

Con el proyecto de fundación en mente, pasó en enero de 1908 al pensionado de la compañía de María, en la Ciudad de México, acompañada de su hija, quién también había sido contratada por las religiosas de Nuestra Señora para enseñar en su colegio anexo. Durante su estancia hizo votos privados y observó la marcha de la comunidad y del colegio, redactando por ese tiempo el reglamento y manual de oraciones para sus establecimientos futuros.

La fundación del Instituto, conocido en sus primeros años como “Apostolado de Jesús Eucarístico”, tuvo lugar el 25 de marzo de 1910, siendo socios fundadores María del Refugio Aguilar y Torres, Guadalupe Hernández viuda de Velázquez y una señorita que no perseveró.

A los pocos días, el 15 de abril, se hizo la inauguración del primer Colegio, llamado del “Santísimo Sacramento” la dirección académica fue encomendada a Refugio Cancino Aguilar (su hija) y la atención espiritual al padre Zaragoza.

El proyecto educativo de la Madre María del Refugio no se limitaba a las aulas, sino que el testimonio de la hermana portera, de la hermana cocinera, de la hermana sacristana, o de cualquier oficio que desempeñara la religiosa, lo consideraba parte de la acción educativa; asimismo, todas las actividades dentro de la jornada escolar, ya fueran en la capilla, el recreo, el refectorio o en labores.

Según el proyecto original, Las profesoras recibirían su capacitación en “Normales Eucarísticas”, para que ejercieran su vocación enseñando a descubrir a Jesús Sacramentado como centro de todas las ciencias y para que lo hicieran aplicando el método pedagógico dinámico-integral característico del instituto. Fomentarán además la espiritualidad Eucarístico – Mariana en los alumnos, visitando con ellos al Santísimo Sacramento, orientándolos en las lecturas y promoviendo las sociedades piadosas establecidas en los colegios.

En cuanto a los estímulos se acostumbraban en los primeros años obsequiar libros formativos a las estudiantes más sobresalientes, pero más que premiar el buen comportamiento o el aprovechamiento de los estudios, regía la idea de concientizar sobre el deber de hacer las cosas lo mejor posible, aun cuando el hacerlo no significará el reconocimiento de los hombres.

María del Refugio valoraba además el apostolado con las familias de sus educandos, pues consideraba que de poco serviría el trabajo de las hermanas, si los padres y hermanos no secundaban sus enseñanzas. es por esto que siempre estaba asequible a ellos, animándolos, aconsejándolos y muchas veces ayudándolos aún en lo material. Podrían además las familias, participar en las celebraciones litúrgicas e incluso pertenecer a las asociaciones piadosas erigidas en la Capilla semipública del Colegio.

Los Colegios contarían con bibliotecas al servicio de las familias, cuyas colecciones ayudaran a propagar el conocimiento y el reinado de Jesús Eucarístico en la juventud y en los hogares, promover la comunión reparadora, la comunión diaria y la devoción a la Santísima Virgen. Con el mismo fin la Congregación emprendería la tarea de editar libros y revistas. Las bibliotecas, consideradas en las primeras constituciones aprobadas entre las obras de apostolado propias del Instituto, No llegaron a concretarse por las persecuciones religiosas y posiblemente, por la falta de recursos técnicos para su funcionamiento. El segundo propósito, en cambio, comenzó a ponerse en práctica en 1930 con la publicación de las revistas: Eucaristía y Eucaristía y Redención.

Los destinatarios del apostolado de las Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento, según la idea de María del Refugio, no son únicamente los alumnos y sus familias. Le preocupaban los jóvenes, para quienes estableció un pensionado anexo al colegio; y las huérfanas, a quienes amparó con especial dedicación.

Su preocupación por los pobres la llevó a despertar el mismo interés en las colegialas, para quienes organizaba visitas y convivencias con los asilados en la Cuna Católica y en la Divina Infantita. Con la aportación voluntaria de los padres de familia en especie más que económica, distribuía despensas a familias necesitadas y durante algún tiempo daba alimentos a gran número de pobres. En las revoluciones y persecuciones que siguieron a la fundación dio refugio en los Colegios a familias enteras y becó a numerosas niñas de familias que habían perdido sus bienes; en los días más trágicos, estableció un puesto de socorros donde auxiliaban a los heridos.

El arzobispo Mora y del Río, concedió en 1909 el permiso para vivir en comunidad experimentando la vida religiosa, pero la aprobación canónica encontró diversos obstáculos: poco empeño de los Obispos y Procuradores comisionados para tramitarla en Roma, extravío de la correspondencia, exilio de Monseñor Mora y del Río, Primera Guerra Mundial etcétera. La relación con el Padre Zaragoza la complicaba aún más, pues él era un sacerdote de gran celo apostólico, enamorado del Santísimo Sacramento, pero inexperto en asuntos de religiosos, perseguido por los gobiernos revolucionarios e incomprendido por sus Prelados; cansado de los contratiempos, dejó la organización del Instituto, conformándose con su capellanía del Colegio .

El Canciller de la Curia Arquidiocesana dirigió a las hermanas durante algún tiempo, hasta que, a finales de 1918, El Arzobispo de México nombró a Fray Alfredo Scotti, Mercedario, Director y Visitador, para decidir el futuro de la Comunidad.

El 10 de febrero de 1919 entregó el Padre Scotti su informe, recomendando tramitar la aprobación, por tener el Instituto la peculiaridad de valerse de la enseñanza para formar almas eucarísticas. Vistas sus razones y comentarios encomiásticos respecto al espíritu y observancia religiosas, Monseñor Mora confió al Padre Scotti la revisión de las Constituciones y todo lo concerniente a la organización canónica.

La dirección del padre Scotti coincidió con el aumento de vocaciones (entre ellas la hija de la Madre Fundadora) y por consiguiente, con la apertura de las primeras casas filiales.

Una vez aprobadas las constituciones por el Señor Arzobispo y reunidas las Comendaticias del Episcopado, partió el Padre Scotti a Roma, presentando la documentación en la Sagrada Congregación de Religiosos el primero de junio de 1922. Tan sólo dos semanas después, el 15 de junio, la Santa sede concedió el permiso para la erección canónica de las Hermanas del Apostolado del Santísimo Sacramento en México, la cual fue decretada el 25 de noviembre de 1922.

En agradecimiento a los favores recibidos por intercesión de nuestra Madre Santísima de la Merced, así como por el espíritu Eucarístico Mariano del Instituto, la Madre María del Refugio y su y su Consejo solicitaron, en 1922, la agregación a la Orden. La cédula fue concedida tres años después, con fecha 11 de julio de 1925, siendo desde entonces “Religiosas Eucarísticas Mercedarias”. (1)

En 1925 principió la expansión ultramarina del Instituto, al fundar un Colegio Eucarístico en Placetas, Cuba. El año siguiente, con el recrudecimiento de la persecución religiosa y la proscripción de la Escuela Católica en México, abrió la Congregación las primeras Casas en los Estados Unidos de América, en El Salvador y una segunda en Cuba; en 1927 en Chile y en España y en 1929 en Italia y en Colombia.

Estas fundaciones prosperaron, debido, en parte, a que la instrucción en los Colegios Eucarísticos rescata los valores nacionales, pero perfeccionados por el sentido Universal de la Iglesia, con lo que resultan cristianos comprometidos en la búsqueda del bien común y miembros útiles a la sociedad.

Un Mercedario chileno, Fray Luis Márquez Eizaguirre, fue el instrumento providencial para que algunas de las fundaciones se llevarán a cabo, concretamente las de Chile, Colombia e Italia. La primera la sugirió a leer una carta de la Madre María del Refugio al Maestro General de la Orden, donde le narraba la situación por la que atravesaba en las comunidades religiosas en México durante la persecución Callista; mientras que las dos últimas, aconsejadas también por él, fueron fruto del entusiasmo y cariño que tomó por la Congregación, después de pasar varias semanas en la Casa General y en el Colegio de La Habana en 1928. (2)

En México la situación seguía sin visos de mejoría para la Iglesia y particularmente para la Congregación: la Madre María del Refugio, delicada de salud  y resignada al apoyo que el Padre Scotti le pudiera dar en sus cartas, pues había marchado a los Estados Unidos; veía extinguirse las Obras; de ocho colegios existentes en México en 1926, para 1930 únicamente funcionaban cuatro, clandestinamente y con número muy reducido de alumnas; sufría la amenaza de expropiación de la Casa General, lo que finalmente sucedió el 8 de septiembre de 1930, cuando los agentes del gobierno tomaron posesión del inmueble, expulsando arbitrariamente a las Hermanas.

Los últimos años de su vida los pasó la Madre María del Refugio mudando de una casa a otra, en compañía de su Consejo Generalicio, de algunas postulantes y las niñas que integraban su “Obra de Infancia”.

Falleció el 24 de abril de 1937, dejando consolidada la Congregación en ocho naciones y con proyectos apostólicos en mente (fundaciones de Colegios Eucarísticos en tierras de misión), que no llegó a ver realizados. Su hija, Madre María Teresa Cancino fue la sucesora elegida por el Instituto para continuar la obra que iniciara su madre.

El proceso de beatificación de la Sierva de Dios María del Refugio Aguilar y Torres quedó abierto el 28 de octubre de 1982.


Notas:

  1. El nombre “Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento” fue dado por la Sede Apostólica el 22 de julio de 1948, al conceder el Decreto Laudatorio.

 

  1. Fray Luis Márquez Eizaguirre publicó en 1929 el diario de su viaje, titulado: En México Ensangrentado.

 

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